Las ventanas de Dostoievski

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cómo generar contextos que favorezcan la amplitud de visión

Dostoievski fue el autor preferido de mi adolescencia. Como, además de amar la literatura, yo era una enamorada de la montaña, recuerdo que los voluminosos libros del autor ruso, ocupaban una parte importante de mi mochila en las excursiones de aquellos años de mi vida y, al amparo de la belleza románica de los valles del Pirineo, disfruté de la exploración del alma humana en las páginas de aquellos compañeros de viaje que eran los libros.
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Hoy estoy escribiendo este artículo mirando las mismas montañas nevadas. Quizás por eso se ha abierto paso en mi memoria el recuerdo de Dostoievski y de una de las enseñanzas de mi profesora de literatura en mis años de adolescente. Un día, nos explicó que el autor ruso siempre buscaba casas para vivir donde, desde las ventanas, se pudiese mirar lejos. Él pensaba que las perspectivas cortas generan ideas limitadas y que la amplitud de visión proporciona grandes ideas. Por eso, aunque las casas donde vivió fueran pobres, desde sus ventanas se podía mirar lejos. Así nacieron grandes obras de la literatura universal.
Siempre he recordado aquella enseñanza y la he aplicado a diferentes aspectos de mi vida. También la aplico en mi práctica como coach facilitando la creación de contextos que proporcionen amplitud de visión y propicien que el cliente conecte con su propia genialidad y con su potencial, más allá de la escasa perspectiva de la atención focalizada en las situaciones problemáticas. Para ello, utilizo tres instrumentos básicos del coaching que, bien afinados y armonizados, dirigen la mente y el corazón a nuevos horizontes, antes no contemplados. Esos tres instrumentos son las preguntas, las tareas y la creatividad.
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Con las preguntas, le doy al cliente el protagonismo del proceso, propiciando que conecte con su sabiduría y sus recursos y encontrando así nuevas respuestas a situaciones específicas. Alguien dijo una vez que no existen malas respuestas sino malas preguntas. Una de las habilidades más específicas de un coach es hacer buenas preguntas para generar buenas respuestas en el cliente.
Con las tareas, ayudo a la persona a pasar a la acción llevando así a la vida lo que ha descubierto a través de las preguntas.
Con la creatividad, colaboro a despertar la sorpresa del cliente y que se active así su capacidad para generar nuevas opciones y ampliar su visión.
Una de las formas, aunque no la única, en que yo trabajo todo esto es una modalidad de sesión intensiva de coaching que suelo utilizar con clientes que viven lejos y con los que la mayor parte del proceso la realizamos a distancia. Consiste en encontrarnos un día y salir del ámbito habitual del despacho para hacer una sesión de unas 8 horas de duración en un entorno distinto, en contacto con la naturaleza. El hecho de salir del espacio habitual y vivir la sesión de una forma diferente ya predispone al cliente de manera distinta. Además, siguiendo la idea de Dostoievski, suelo buscar contextos para esas sesiones en los que la mirada puede dirigirse muy lejos.
Recuerdo ahora una de esas experiencias. Mi cliente residía en Escocia y la mayor parte del proceso la hacíamos por teléfono y por Skype. Aquel mes de junio, se encontraba en un momento de bloqueo relacionado con una decisión profesional de alto nivel que afectaría a diferentes áreas de su vida. Su problema, tal como él lo expresaba, era que “por primera vez en mi vida, he perdido la capacidad de decisión” Este pensamiento le tenía muy preocupado y “colapsado” ya que su trabajo consistía precisamente en “tomar grandes decisiones” así que había empezado a dudar de sus habilidades como directivo, aunque tenía tras de sí una dilatada y exitosa experiencia. Le propuse venir a hacer una sesión intensiva de 8 horas, junto al mar. Nada más llegar, dejó las maletas en el hotel y nos fuimos a caminar por la playa. Enseguida empezó a hablarme de la situación problemática que atravesaba (y que yo ya conocía) y me di cuenta que, cada vez que se centraba en esa sensación de bloqueo, se detenía y empezaba a hablar de la facilidad que había tenido en el pasado para tomar decisiones y de que había perdido esa capacidad. En una de esas “paradas” de nuestro paseo, le invité a mirar el mar dirigiendo la mirada tan lejos como pudiese, hacia el horizonte, como buscando ese punto en que el cielo se une al mar y lo dibuja del mismo azul. Sonrió. Yo sabía que él era un buen navegante. Le pedí que me hablase de cómo era navegar cuando pierdes de vista la orilla y sólo tienes contigo el cielo y el mar. Mientras lo hacía, no dejaba de sonreír y su posición un poco encorvada del paseo, había recuperado la actitud erguida de los capitanes al mando del timón. Después, volvimos a caminar y entonces le pedí que me hablase de las diferentes opciones entre las que debía tomar la decisión. Me habló de las tres alternativas con el mismo entusiasmo. Las tres parecían ser excelentes para él. Me miró sonriendo mientras me decía “Nunca me había encontrado en una situación así. Soy incapaz de elegir” Sin decir nada, yo me detuve y me volví a mirar el horizonte. Él me imitó. Entonces le dije: “Te entiendo. Nunca hasta ahora habías vivido un momento tan maravilloso, ¿verdad?” Se giró hacia mí y me miró con expresión de asombro. Estaba bastante claro que, desde su punto de vista, aquel momento distaba mucho de ser maravilloso. Entonces le pregunté: “¿Qué es lo que te impide decidir entre tres opciones igualmente maravillosas” “Qué las tres son maravillosas” respondió sin pensarlo dos veces y me di cuenta de que se sorprendía de su respuesta al tiempo que sonreía. “¿Cuántas veces en tu vida te has encontrado en una situación así?” le pregunté entonces. “Nunca” respondió y su sonrisa se agrandaba poco a poco a medida que iba respondiendo. “Entonces… ¿qué te parece?…” proseguí yo “Esa dificultad para decidir tiene más que ver con que hayas perdido capacidades o con que tu alta capacidad de decisión te ha traído hasta este lugar maravilloso en que todas las opciones son excelentes?” Se rió abiertamente mientras asentía con la cabeza y sólo dijo “Brutal, Pilar” El día siguió y nosotros seguimos con él trabajando a fondo. A la semana siguiente me llamó para explicarme que ya había comunicado su decisión. De vez en cuando, me sigue escribiendo y todavía me cuenta que, cuando se siente confuso, busca perspectivas amplias. Como a Dostoievski, poder mirar lejos, le sirvió.
Esa es una de las cosas que hacemos en coaching: generar contextos que favorezcan la amplitud de visión. Quizás quieras venir a descubrir con nosotros cómo abrir ventanas que dirigen la mirada a nuevos horizontes.

Muchas gracias por tu atención.

Pilar Morales
Directora de Adaptic® Solutions SL
Responsable del Departamento de Coaching de Pronokal® Group

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